lunes, 21 de marzo de 2011

Le Moulin Rouge

El sol agotaba su última luz por encima del tejado de las casas, haciendo que la sombra de estas se alargara hasta el otro lado de la calle. Las farolas se iban encendiendo una a una, con un tenue resplandor al principio, y después una mortecina luz amarilla. Todo estaba en absoluto silencio, a excepción del ruido de unos pies descalzos, caminando por encima de los adoquines negros y mojados de la calle. Los charcos que se habían ido formando a lo largo del día debido a la lluvia lo salpicaban todo cuando esos pies pasaban por ellos.  Largos suspiros se escapaban de los labios de la mujer. Suspiros ahogados que se mezclaban con los cristales que caían de sus ojos. También lloraba su pelo, aun empapado por la gran llovizna. El viento soplaba ferozmente, y su ropa, rota y escasa, no conseguía quitarle el frio de su cuerpo, ni el de su alma. Otra bocanada de aire revolvió su enmarañado pelo castaño y ella abrazó el pequeño bulto envuelto en gasa blanca que llevaba en sus brazos. El bebe, gimió, y ella le acercó más aun. Cada paso que daba, le dolía como si el suelo estuviese cubierto de agujas. Se movía torpemente, lenta, y fuese por miedo o por frio, todo su cuerpo temblaba. Sentía que las piernas le fallarían de un momento a otro. Sus ojos marrones, habían perdido todo rastro de brillo y había sido sustituido por escarlata. Ella era joven, pero la dureza de su vida, le había curtido la piel, y hacía que pareciese mayor. La mujer tropezó, y cayó de rodillas al suelo, cuando esto sucedió, le faltaron manos para proteger a su bebé, que se golpeó ligeramente el brazo, la pequeña comenzó a llorar, y junto a sus lágrimas las de su madre. Se levantó despacio, y, cuando lo hizo, se quedó absorta mirando el edificio que se elevaba ante ella, demasiado grande para ser ignorado, demasiado luminoso para no llamar la atención.  Encima del edificio, rodeado de carteles brillantes donde se podía leer “Moulin Rouge” se encontraba el gran molino rojo, ese, que todas las noches hacía a más de un hombre infiel y a mas de una mujer suciamente rica.
La mujer se secó las lágrimas, suspiró y, al hacerlo una nube de vaho salió de su boca. Caminó hacia la puerta, una gran verja de al menos dos metros de altura por otros tres de ancho,  roja, imponente, ostentosa. Miró a la pequeña, que ahora estaba tan absorta como ella mirando las luces de aquel lugar. Se mordió los labios, primero miró al cielo, luego hacia el gran edificio que la valla protegía, y, por último, bajando la mirada, a su pequeña. Se agachó muy despacio, y con muchísimo cuidad dejó al bebé en el suelo. Le dio un beso en la cabeza, y la dejó allí. La niña comenzó a llorar, pero su madre ya estaba demasiado lejos como para oírla.

(Algún día este trocito de historia se convertirá en algo más largo, o al menos eso espero)

No hay comentarios:

Publicar un comentario