sábado, 15 de enero de 2011

Nueva Historia...

He de reconocer que últimamente tengo demasidas cosas en la cabeza como para poder centrarme y escribir bonitas entradas o continuar las 4 o 5 historias que tengo empezadas, pero hoy, despues de bastante tiempo, he decidido continuar una que comencé dos meses atrás. Es una historia con claras influencias de libros como Las Crónicas de Narnia, Cirque du Freak o incluso Harry Potter, aunque claro está, muy a mi estilo y manera... Como un mini-resumen podría decir que se trata de un grupo de chicos (y chicas, por supuesto) que una tarde quedan para investigar unos pasadizos que encontraron y que les conducen directamente a un "universo" paralelo. Pongo universo entre comillas porque realmente no solo es el espacio lo que cambia sino absolutamente todo... el tiempo, el espacio, la forma de vivir, de ver la realidad... Abunda la magia, los secretos, las traiciones, amistad y amor, básicamente.
Dejo aquí un pequeño trocito del principio de la historia para que vallais sacando vuestras conclusiones:
-¡Donde está! ¡Donde habré metido la maldita linterna! – Gritó Elliot mientras revolvía todos los cajones de su casa. Se movía muy deprisa, nerviosa… ya llegaba media hora tarde, pero la endemoniada linternita no aparecía, se la había tragado la tierra. Realmente Elliot comenzaba a pensar que tenía un mal de ojo o algo por el estilo. Ella había dejado esa linterna encima de su escritorio dos días atrás, y ¡pluff! Ya no estaba. Como por arte de magia, (o de su madre) ese pequeño objeto tan deseado esa tarde, se había escondido. Maldijo su suerte un par de veces, miró su reloj y suspiró, bueno más que un suspiro fue casi, casi un bufido de pura rabia. Contó hasta diez (algo que hacía muy a menudo cuando se alteraba) y volvió a revisar el contenido de su mochila. Una pequeña manta, una botellita de agua, dos bocadillos, aspirinas, algo de dinero para “emergencias” la cámara de fotos, el móvil y un par de cositas más… lo metió todo dentro de la gran mochila gris, a presión. Tardó un buen rato en conseguir que la cremallera cerrase y ésta, amenazaba con estallar de un momento a otro. Salió de su casa, sin despedirse de sus padres, que aunque la llamaron, ella ya había bajado las escaleras. Caminó muy deprisa buscando cualquier tienda de “todo a cien” donde comprarse una linterna. Y no solo se compró la linterna, sino que gasto todo el dinero que llevaba en velas, pilas y un mechero, que tuvo que llevar en la mano. Ahora salió a correr, todo lo rápido que sus piernas se lo permitieron, aunque no por mucho tiempo, porque aunque sus piernas eran fuertes, su “vaguería innata” impedía que sus pulmones tuviesen una gran capacidad. Agotada, casi sin aliento, dejó de correr y comenzó a caminar concentrada únicamente en no caerse. Abandonó las calles con grandes edificios para encontrarse en una carretera rodeada por campo a ambos lados. A la derecha, grandes plantaciones salpicadas con algunas casas se extendían hasta más allá del horizonte. Un denso bosque de eucaliptos se extendía más allá de un pequeño rio que cruzaba esos campos de un lado al otro y a su izquierda había una montaña grande, en cuya cima se encontraban unas enormes murallas. Elliot tomó un pequeño camino, casi oculto por los arboles y matorrales y se perdió entre el verdor de sus hojas durante unos minutos. Le costaba avanzar y de vez en cuando alguna ramita le arañaba los brazos. Salió de nuevo a la sofocante luz del sol y observó con desesperación  cómo el camino ascendía de manera casi vertical. Suspiró, y siguió su camino, subiendo por piedras, atravesando túneles de ramas y hojas, bajo el calor de un día de agosto. El camino ascendía más y más, hasta que al mirar hacia abajo, los coches se veían chiquititos. Reinaba una tranquilidad que hacía a Elliot preguntarse si de verdad, al otro lado del monte seguía estando la ciudad con todos sus ruidos, con toda esa gente… de pronto, la chica se encontró con una enorme puerta de piedra gris, imponente, extraordinaria de unos tres metros de altura. De  no ser por todas las veces que Elliot había pasado por allí a lo largo de su vida, realmente habría tenido miedo, pues tras ella, solo se veía oscuridad. Alrededor de la puerta, había unos símbolos extraños, que, cuando era una niña, su padre le había contado su significado, pero ella ahora no se acordaba. Tampoco es que hubiera intentado recordarlo. Entró, y después de andar en completa oscuridad, solo guiada por sus manos que se apoyaban en las frías paredes de piedra a ambos lados, salió a la luz. Un inmenso bosque de palmeras y eucaliptos se extendía ante ella. El suelo estaba cubierto de césped, y éste estaba cubierto de gente. Gente jugando a las cartas, a futbol, niños corriendo, chicas tomando el sol… mirases a donde mirases, cabezas. 

Tengo que advertir, que éste es un texto en bruto, es decir, tal como lo he pensado, lo he escrito, por lo que seguramente durante el tiempo que esté escribiendo la historia, lo modificaré muchas veces hasta que, desde mi punto de vista haya quedado perfectamente pulido.  Por favor agradecería muchisimo cualquier tipo de opiniones, preguntas (aunque no lo creais, las preguntas del tipo "¿Y como es ese mundo paralelo?" "¿Elliot es la protagonista?" y demás preguntas que parecen muy tontas en principio, hacen al que escribe darse cuenta de fallos y pensar en datos y cosas en las que no había caido hasta ese momento) o puntuación...
Muchas Gracias :)

P.D: En cuanto pueda, y si os gusta y quereis, subiré otro pequeño trocito.

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